Entradas

La niña de los vientos

En una época pasada y remota, cuando los fiordos de la antigua Noruega reflejaban el cielo como si fueran largos espejos de plata y las montañas se alzaban oscuras y solemnes sobre el mar, existía un pequeño pueblo costero llamado Skjoldvik . No estaba presente en los mapas de los intrépidos navegantes ni se hallaba mencionado en las crónicas de los reyes más poderosos, pero para quienes vivían allí era el lugar más importante del mundo. El pueblo estaba formado por un puñado de casas de madera oscura con techos cubiertos de hierba, levantadas sobre una extensión que se adentraba en el fiordo. En invierno, la nieve lo cubría todo con un silencio profundo; en verano, el sol parecía demorarse eternamente sobre el horizonte, iluminando el puerto donde los barcos largos y pesados descansaban como bestias marinas dormidas. Los habitantes de Skjoldvik eran gente trabajadora y resistente. Pescadores, carpinteros de barcos, tejedores y granjeros que habían aprendido a convivir con el viento fr...

15 de Septiembre

  Bitácora de viaje, 15 de septiembre de 1743 Hace ya más de dos años de la muerte de mi señor, el Almirante Don Blas de Lezo y Olavarrieta. Bajo su mando, esta flota supo soportar los furibundos ataques del invasor británico y mantener custodiadas las rutas comerciales de Su Majestad. La victoria en Cartagena de Indias nos permitió humillar a ese altanero oficial apodado Old Grog, enviando un mensaje claro al Almirantazgo británico sobre nuestro espíritu combativo y nuestra inquebrantable lealtad a la Corona. No obstante, hoy me hallo sobrecogido por la sucesión de eventos que nos ha conducido a nuestra actual situación. Una situación nada cómoda, pero quizá oportuna. Nos encontramos inmersos en los bancos de niebla de Terranova, con una bruma tan espesa que no permite ver más allá de un tiro de mosquete. Llevamos tres meses persiguiendo al bastardo de Vernon y su reducida flota, que custodia una cuantiosa parte del tesoro que saquearan en la toma de Portobelo. Pero ahora en medio...

Kimiku

  Nuevamente, Kimiku está revolviendo toda la casa en busca de sus lápices. No logra recordar (como la mayoría de las veces) dónde los ha dejado. Su padre la observa sonriente, sabiendo que, una vez que los encuentre, se acomodará suavemente bajo el rayo de sol que se filtra por las ventanas, y pasará horas dibujando y pintando aquellos maravillosos paisajes que emanan de su mente tan fantasiosa. Dejará boquiabierto, otra vez, a su padre, renovando con cada obra terminada el cariño tan especial que tiene por ella. Kimiku es la única mujer en la casa. Su papá quedó viudo cuando Kimiku apenas tenía dos años y, por ende, ella no ha conocido o, por lo menos, no recuerda a su madre. Sus cuatro hermanos varones son mayores que ella y siempre están ocupados para jugar con ella o acompañarla durante parte del día, por lo que Kimiku ya está acostumbrada a divertirse sola. Sus amigas son las de la escuela, pero solo puede relacionarse con ellas durante el tiempo diario que pasa allí; pero co...

La última frontera

  -¿Dónde están los fósforos para prender las velas que compré? - En el cajón de los cubiertos, donde siempre. Te noto nervioso. El apagón no te ha caído bien, ¿no? Alicia se acerca a Martín intentando calmarlo. -Me tiene preocupado. Ya han pasado más de 3 horas y ni una novedad de solución.  Martín revuelve el cajón ansioso. -¿Y esta llave? Es del depósito de la fábrica. ¿David ha estado aquí? -No lo sé, hace semanas que no lo veo ¿Cómo ha llegado la llave aquí? Pensé que se la habías dejado a tu hermano. El se encargaría de la fábrica. ¿No es así? -Si, era lo que habíamos acordado, pero Enrique le permitió a David trasladar todos sus trastos del emprendimiento tecnológico que está desarrollando con sus amigos, esos chavales nerds que creen que se las saben todas. Les dio unos meses antes de la venta del depósito; mientras tanto lo pueden utilizar.  Unos minutos después de prender la vela Martín continúa: -Sabes Alicia, estuve de acuerdo con que David hiciera sus pruebas...

Arboles azules

  Los árboles azules crecen con simpleza, crecen con premura, crecen con franqueza. Sin resguardo en los bosques, sin sombra en los cerros, manidos con braveza, en silenciosa tristeza. Los árboles azules se afirman sobre piedras, se yerguen sobre riscos, ladean las praderas. Sin temor al desamparo, sin notar su abandono, con valiente y audaz decoro, añorando tierras ajenas. Los árboles azules se fecundan con ternura, florecen solitarios, cual si fueran ermitaños. Se observan desde lejos, se contemplan perplejos, sosteniendo su valioso fruto de llamativa aspereza. Se cosechan sin piedad, se maltratan con crueldad, se los tala bruscamente, se los seca toscamente. Se los pule sin vergüenza, se los exhibe con vehemencia, y renacen con frescura, sin temor ni desconcierto, recobrando su portento.

Rebelde en fuga

  Un lector afortunado abre los ojos más de lo acostumbrado para observar con detenimiento lo que sucede sobre la hoja que está leyendo. Por unos instantes, deja súbitamente de pensar en los detalles de la escena que narra —con exquisita claridad— el autor y se centra en una minúscula mancha que parece tener vida sobre el papel. La persigue tenazmente con su mirada, la acorrala con incesante asombro. Comprende que es una coma que ha abandonado el lugar exacto donde fue colocada por el escritor y vaga sin rumbo, buscando, quizá, un sitio mejor para establecerse: una frase de mayor excelencia, un relato con más vigor o, tal vez, un rincón inhóspito, un estribillo sin sentido o un párrafo sencillo, sin relevancia en la trama. El ávido lector no sabe si este rebelde signo ortográfico desprecia el sitio donde fue colocado o si se considera indigno de él. Por un momento, cree que esta escurridiza mancha intuye su mirada y se mueve más rápido, casi huyendo del amplio campo visual del lect...

Mi pueblo

  Un letargo infinito  somete impávido  el paisaje ancestral  de mi humilde pueblo.  Su tosca figura  se ve clamorosa y urgida  de vivencias pasadas,  de habitantes con brío.  El remanente de antaño,  se resiste con fuerza  recorriendo el camino,  a pesar del destino.  Hacia lejanos parajes  se desangró nuestra savia  nutriendo ciudades y barrios  de recuerdos genuinos.  De anécdotas y costumbres  se llenaron las casas  se colmaron sus aires  de fragancias con tino.  Trasladó su abundancia  de respeto y cultura  de consejo y ternura  hacia el concreto más frio.  Concluyó la esperanza  del terruño adorado  de mi pueblo enjaulado  en su tristeza y olvido.